Hay una gran deficiencia de diálogo con las comunidades potencialmente afectadas por megaproyectos: pueblos indígenas y ONG
Redacción/Desinformémonos

Ciudad de México | Desinformémonos. Ante los megaproyectos aprobados por el gobierno federal, como el Tren Maya, el Nuevo Aeropuerto de Ciudad de México (NAICM) y el el proyecto de desarrollo del Istmo de Tehuantepec, “observamos al presidente reunirse con empresarios, inversionistas y con el gobierno federal saliente; sin embargo, vemos una gran deficiencia de diálogo genuino con los pueblos y las comunidades potencialmente afectadas por dichos proyectos, así como con las organizaciones civiles que los acompañan en la defensa de sus territorios”, aseguraron en un comunicado conjunto autoridades de la Tribu Yaqui de Vícam, la comunidad indígena de San Francisco Xochicuautla, el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan y el Proyecto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.
Los firmantes del comunicado manifestaron su preocupación ante el hecho de que la nueva administración, incluso antes de entrar en funciones, llevó a cabo una consulta en la que no se cumplieron los estándares internacionales ratificados por el Estado, como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, con los que está obligado a consultar a las comunidades que resultarían afectadas por los megaproyectos antes de que éstos sean aprobados.
“El gobierno mexicano tiene el deber de respetar y garantizar los derechos antes mencionados en las discusiones sobre proyectos como el Nuevo Aeropuerto de Ciudad de México, el Tren Maya, así como el proyecto de desarrollo del Istmo de Tehuantepec. De lo contrario no sólo afectan la vida de los pueblos, sino que también comprometen la responsabilidad internacional del Estado”, destacaron.
Tren Maya debe apegarse a derechos de los pueblos: CNDH
Redacción/La Jornada

Ciudad de México. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) señaló que el “Proyecto del Tren Maya” debe orientarse a los estándares nacionales e internacionales en materia de derechos humanos de los pueblos y comunidades indígenas, y llamó al presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, promover su agenda gubernamental de manera integral con los compromisos en materia de derechos humanos suscritos por México, en especial por lo que se refiere en este caso a la consulta previa, libre, informada, culturalmente adecuada y de buena fe.
En un comunicado, el organismo público señaló que un proyecto de esa naturaleza “debe considerar la consulta a los pueblos y comunidades indígenas sobre los asuntos que potencialmente les afecten, tal y como lo contempla el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, del cual México es parte”, además de considerar aspectos de desarrollo sustentable, que permitan el uso y aprovechamiento de recursos naturales por las generaciones actuales y futuras, equilibrando el crecimiento económico, la inclusión social y la protección del medio ambiente.
Por lo anterior, la CNDH llamó a quienes impulsan dicho proyecto a dar a conocer ampliamente su contenido para propiciar un debate público y la participación libre e informada de las partes interesadas, pues “una sociedad que no está bien informada no es libre de participar en la toma de decisiones que puedan afectar sus derechos fundamentales”.
El documento, subrayó la CNDH, debe detallar de manera clara y sencilla los alcances y pormenores del proyecto, así como señalar con precisión las implicaciones que se puedan derivar en materia de derechos humanos para los pueblos y comunidades indígenas involucrados.
Nadie nos ha consultado nada: comunidades indígenas rechazan construcción del Tren Maya
Redacción/Animal Político
En un pronunciamiento conjunto, exhortan al presidente electo se abstengan de realizar cualquier tipo de subasta, autorización, permiso de cambio de uso del suelo o licencia para el establecimiento del proyecto de servicios sin antes haber obtenido el consentimiento de los pueblos indígenas por los que pasaría el tren.

Comunidades indígenas de la Península de Yucatán desaprobaron hoy el proyecto de Tren Maya del presidente electo y rechazaron cualquier resultado que se obtenga de la consulta que se realizará 24 y 25 de noviembre.
En un pronunciamiento conjunto, expresaron su “desagrado” por considerar que “ninguna persona fuera de la Península de Yucatán” puede “decidir lo que se puede hacer o dejar de hacer” en sus territorios y llamaron al presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, a que se prohiba de forma “total y absoluta” antes y después del 1 de diciembre cualquier tipo de subasta, autorización, permiso de cambio de uso del suelo o licencia para el establecimiento del proyecto de servicios, sin haber obtenido primero el consentimiento de los pueblos indígenas por los que pasaría el proyecto.
“Desde la pasada administración hemos estado expectantes con respecto al megaproyecto Tren Maya, lo hemos seguido puntualmente y desde que se inició a hablar del mismo estamos atentos a su desarrollo. Manifestamos que desde ese momento lo desaprobamos y nos desagrada por cuanto que violentaba los derechos indígenas de los que somos sujetos y que están consagrados en nuestra Constitución Política. Esperábamos que con el cambio de administración nosotros, las comunidades indígenas, fuéramos visibles para la Federación y reconsiderara las formas para intentar poner en marcha el megaproyecto Tren Maya, pero con desagrado nos percatamos de que en esta nueva administración la historia no cambiará y la esperada justicia no llegará a los pueblos indígenas de México.
Resiste la poscolonia: un retrato de las lenguas maternas en México
Texto y fotos: Tercero Díaz (tercero.fw)
Según un diagnóstico de 2015 del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), en el territorio mexicano existen actualmente alrededor de 68 lenguas de pueblos originarios, y aproximadamente 364 variantes de éstas.
A poco más de 500 años de la llegada de los españoles al continente americano, y con cientos de años de poscolonialismo, durante la segunda mitad del siglo XX la violencia contra los pueblos originarios en territorio mexicano continuó acentuándose, haciendo pagar el precio a niñas y niños por el hecho de ser quienes son. Fue mediante la violencia del sistema educativo que el Estado mexicano intentó despojarlos de una de sus raíces más significativas: sus lenguas maternas.
Parafraseando a Michel Foucault en su charla “Las redes del poder”, un elemento que sirve dentro de las formas de dominación en la sociedad es la educación; tomando en cuenta que la dominación puede darse en estos casos como el despojo de la identidad, y con ello una serie de consecuencias invisibles como desproteger un territorio, esto le vuelve más sencillo al poder político y económico llegar a los pueblos e instalar sus empresas transnacionales, mineras, eólicas, o de cualquier otro índole.
El gobierno federal ha implementado una violencia sistematizada para desaparecer la multiculturalidad en nuestro país. Por ello, echando un vistazo a la historia, surge la necesidad de revertir la pérdida de costumbres y tradiciones de pueblos originarios como una forma de defender la tierra y los recursos.
El presente trabajo fotográfico intenta esbozar un retrato de mujeres y hombres originarios de la Sierra Norte de Oaxaca, que durante su infancia y formación escolar fueron violentados de diferentes maneras por el hecho de hablar zapoteco, su lengua materna, a pesar de lo cual decidieron conservar su idioma transmitírselo, en la medida de lo posible, a sus descendientes.
Bruno Leonardo Enríquez

Con 67 años de edad, originario del sector Zoogocho, en la Sierra Juárez, Oaxaca, e hijo de padres campesinos, Bruno narra cómo ha sido para él resistir al occidentalismo en su cotidianidad.
“Era difícil como hijos de campesinos que tuviéramos educación, sin embargo, hubo escuela primaria en la comunidad y eso nos abrió el ojo, pero también siempre fuimos con miedo. No éramos como los niños de hoy en día que pueden contestarle a sus padres y a sus maestros; anteriormente era más fuerte el sentido de obediencia y disciplina”, comenta Bruno sobre su contexto escolar.
Menciona que con la llegada de profesores de otras regiones del estado capacitaron a los maestros con la norma de españolizar a todas las niñas y niños en gran parte de la sierra.
“Silviano Arce, originario de Solaga, Oaxaca fue director cuando yo iba en quinto año. Él y otros profes prohibieron que habláramos zapoteco. Los maestros se organizaron y comenzaron a anotar en una lista a los niños que hablaban zapoteco, su discurso era que tenían un estatuto de que el niño tenía que hablar español. Tenían la regla de ponerle castigo a los niños: que nos formáramos como media hora en fila; pero la tarea más difícil que nos dejó era acarrear agua de la escuela para la pileta: de un manantial, acarrear agua hasta la escuela. 10 cubetas por niño, dependía de la edad que tuviéramos la cantidad de cubetas: de 8 años, cinco cubetas; y el más grande, 12. Esto fue en los años sesenta, de 1962 a 1966”.
Bruno agrega: “Si tengo algo que recordar del castigo que recibí y que miré en los demás es que lo traje a pecho, pero con ánimos para mantener mi lengua y compartirla con mis tres hijos, que hoy en día hablan y entienden el zapoteco”.
Minerva Victoria Hernández Martínez

Minerva estudió enfermería en Oaxaca de Juárez y fue auxiliar del área médica en el Instituto Mexicano del Seguro Social, en una clínica rural en la Sierra Norte; a sus 51 años ha logrado conservar su idioma a pesar de los abusos ejercidos por el sistema educativo.
Fue entre 1964 y 1971 que estudió la primaria en la zona serrana. Asegura que la prohibición del zapoteco se ejercía a través de diferentes formas de terror.
“Cuando yo cursaba de segundo a cuarto año fueron los maestros que más agredían a los niños por hablar el zapoteco, tal vez porque no nos entendían; eran maestros que venían de otros estados o de la ciudad y no sabían hablar ninguna lengua”.
Minerva también narra la doble violencia que sufrió por el hecho de ser mujer: “la gente antes pensaba que nosotras debíamos casarnos, tener hijos, tener una familia; decían que no era necesario para nosotras ser mujeres independientes y estudiar. Mi papá sí tenía la idea de que nosotros nos superáramos, aunque no tenía los medios económicos”.
Una vez que logró entrar a la escuela, pese a todo pronóstico de violencia de género, Minerva se encontró con la violencia por ser de un pueblo originario.
“Si una decía 10 palabras en nuestro idioma, 10 cubetas de agua iban a acarrear. También nos mandaban por cosas de campo y en el peor de los casos nos golpeaban con un palo en las manos. Una vez el maestro, originario de Veracruz, me dejó encerrada en el salón sin ir a comer por no saberme la tabla del siete, me dijo ‘¡Burra!’, yo le respondí en zapoteco ‘¡Tu lo serás!’ A mí esto no se me olvida porque fue uno de los castigos que más me dolió, no me dejó salir y yo tenía mucha hambre. Ya estábamos acostumbrados a que nos pegarán con un palo, pero que nos dejaran sin comer, eso fue más duro para mí”.
“En ese tiempo, cuenta Hernández Martínez, yo no reaccionaba, simplemente empecé a tener rencor a los maestros. Pensaba ‘¿por qué me hacen esto?, ¿es tan malo hablar mi idioma?’ Yo nunca me voy avergonzar del zapoteco. Es importante preservar nuestra lengua para transmitir a las nuevas generaciones y que no desaparezcan nuestras comunidades, nuestras raíces, la cultura ancestral”.
Ernesto Ferras García

Campesino por tradición, trabajó las tierras en su comunidad San Andrés Solaga, hasta que cruzó Estados Unidos de manera ilegal para irse como bracero. Tiene 81 años y ésta es su versión de lo que es ser un niño zapoteco en la sierra:
“No platicábamos, porque luego luego nos regañaban. Los maestros nombraron una comisión del orden y nos acusaban; nuestros compañeros nos anotaban y nos ponían el dedo, le decían a nuestro maestro quiénes hablamos zapoteco y los maestros nos castigaban: nos hincaban y nos ponían a sostener un palo con las manos alzadas durante una hora. Era un castigo de agotamiento, de resistencia”.
“Pienso que es importante que hablemos los dos idiomas, tanto el nuestro, como el español”, agregó.
Juana Bautista Poblano

“Tengo 74 años y soy de Villa Hidalgo Yalalag. Desde chiquita me dediqué a la costura, hacía ropa, manta, fondos, camisas, pantalones, e iba a Zoogocho a vender. A eso me dediqué toda la vida, con mi difunta madre”.
Juana asegura que cuando estudió la primaria nadie hablaba español: “los maestros nos obligaron a gritos, nos regañaban mucho, nos decían ‘burros’, ‘tapados’, ‘cerrados’. Nos decían tapados, porque no podíamos hablar su idioma. A veces nos dejaban encerrados en el salón, con mucha hambre, porque nos decía el profesor que no aprendíamos nada”.
“Yo entré grande a la escuela porque antes los padres no querían que nosotras las mujeres fuéramos a estudiar. Decían que debíamos quedarnos en casa para mantener a los hombres. Decían que no tenemos derecho, que nosotras tenemos que estar en la cocina para mantener a los maridos”, cuenta Juana, quien hasta los 12 años de edad pudo entrar a la primaria. “Mi padre me apoyó para ir a la escuela, mi pobre madre quería que me casara porque ya tenía 12”, agregó.
Bautista Poblano dice que a pesar de no haber sido víctima de violencia física por hablar su lengua materna, fue víctima psicológica y verbalmente, y que recibió insultos y discriminación. “En cambio mis compañeros, porque no sabían responder les ponían ladrillos en la cabeza, con las manos a que se estuvieran horas: dos ladrillos en cada mano y así varias horas. Yo lo vi, era muy común”.
Eligio Modesto Hernández Sánchez

“Empecé a manejar a los 15 años, estoy por cumplir 56. Desde que manejo, toda mi vida he sido chofer de camiones pesados; toda clase de camiones: tortos, volteos, autobuses, máquinas pesadas, etcétera”, cuenta Hernández Sánchez, nacido en la Solaga, Sierra Norte de Oaxaca.
“Tuve maestros federales, ellos eran mano dura y más porque en las reuniones con padres éstos autorizaban que nos golpearan, porque supuestamente en eso constaba la educación. Mi maestro de Villa Alta, Juan Gómez, nos golpeaba con un cable de luz, como de corriente, nos daba en las manos 10 veces por hablar zapoteco, nos apaleaban por ser quienes éramos”.
En los setenta Eligio y sus compañeros sufrían la violencia por ser serranos, zapotecos, originarios de un territorio, sin embargo, no claudicaron, continuaron hablando su lengua, al grado de transmitirla a sus hijos y nieto, no sin antes vengarse de sus victimarios, como pocos infantes se atreverían.
“Una vez dejé una ventana del salón entreabierta y me fui. Una vez que ya no había ni maestros ni compañeros, por la ventana me metí, llevaba unas tijeras e hice el cable pedacitos y se lo dejé ahí acomodado en el escritorio, como un obsequio. En la tarde, cuando llegó, encontró el montón de cable cortado, preguntó quién había sido y como nadie me vio nadie dijo nada. El maestro formó de un lado las mujeres y del otro lado a los hombres; fue a cortar una vara de durazno y 10 golpes nos dio a cada quien. Niñas y niños lloraron”.
Hernández Sánchez también recuerda cómo él y un primo en las tardes a que los profesores regresaran del comedor y desde una colina arriba los apedreaban:“sí les atinamos, y luego a correr… nunca supieron que fuimos nosotros (risas)”.
Natividad Fabián Gabriel

Costurera la mayor parte de su vida, Natividad, de 78 años, se dedica a la panadería con su hija Manuela. Recuerda las dificultades de acceder a la educación básica por el hecho de ser mujer y la violencia que ejercían los docentes hacia ella y sus compañeros.
“Yo como mujer sólo se me permitió estudiar la primaria, lo demás ya no; dijeron que yo debía casarme, tener hijos y estar en el hogar. Durante ese tiempo que estudié la primaria el maestro nos castigaba, nos daba vara en las manos cuando uno platicaba en zapoteco: un varazo por palabra. Después dijo que ya no nos iba a golpear, sino que nos iba a cobrar dinero: alrededor de cinco centavos por palabra”.
“Nos ponían a escribir una plana de ‘No debo hablar zapoteco’”, agregó.
Natividad recuerda que el castigo para ella era doble: al llegar a su casa su madre la regañaba porque no aprendía como los maestros exigían.
“Es mejor saber ambos idiomas, español y zapoteco, para poder entender a todos. Aunque la mayoría de los niños chiquitos hoy en día ya no quieren hablar zapoteco o no sé si sus padres son los que no quieren… no sabemos”, reflexiona.
Si bien este entorno racista pareciera ser del siglo pasado, algunas observaciones del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación han comprobado que hoy en día, en muchas de las escuelas rurales del país, niñas y niños siguen siendo discriminados y regañados en ocasiones por hablar en su lengua materna.
Boletín de prensa: Anuncia el gobierno de AMLO mesas de trabajo para atender problemas de la Sierra Tarahumara
Koolel Kab: mujeres que defienden la tierra
Por Marcela Méndez
Son las dos de la tarde de un día de abril. Bajo esta palapa enclavada en la selva maya el calor baña, pero no sofoca. El lugar es Ich-ek, una comunidad de cerca de mil habitantes localizada en Hopelchén, Campeche, donde un grupo de apicultoras indígenas, enfundadas en shorts, playeras sin manga y sandalias, ha trabajado por horas y se prepara para el descanso.
Esta mañana las mujeres llegaron con la misión de dar marcha atrás a un experimento que no funcionó: intentaban dejar a las abejas que crían en las cajitas rectangulares de madera donde las compran, pero la temperatura echó abajo el plan. Las cajas no resistieron el calor, lo que significó el traslado de todas las abejas a nidos naturales. Las meliponas, una especie de abejas milenaria, no tienen aguijón, lo que no supone un riesgo para quienes las crían; en cambio, son más delicadas que cualquier otra especie de abejas: hay que manipularlas con sumo cuidado y llevarlas a su nuevo hogar con delicadeza, más cuando se sabe que son una especie en peligro de extinción.
Para tener éxito hay que mover, completa, toda la estructura. Doña Avia, doña Leidy, doña Soco y el resto de sus compañeras mueven todo el nido, incluidas las crías, un poquito de miel y un poquito de polen. Este trabajo de extremo cuidado, sumado al bochornoso calor de la península, resulta simplemente agotador.

Hoy, cuando platican lo que hacen, las apicultoras hablan con sus más de veinte años de experiencia.
Doña Avia Huchín, de 66 años, viste una delgada blusa rosa con flores del mismo color. A través de sus lentes se asoman unos ojos que brillan todavía más cuando recuerda cómo empezó la historia de Koolel Kab, una organización fundada e integrada por mujeres indígenas que durante años han defendido su derecho a trabajar en lo que han elegido, que se han dedicado a criar y proteger a las abejas meliponas y que, con ello, han creado una red de empoderamiento y de defensa de la identidad, el territorio y el medio ambiente.
Empezó con un sueño

Era de noche y Avia Juchín no podía dormir. Se preguntaba si existiría en su mundo –un mundo dominado por hombres– la posibilidad de trabajar en algo que no fuera el hogar, el cuidado de los puercos o el de las gallinas.
Desde su habitación era algo que parecía imposible: a principios de los noventa, en esta región las mujeres no podían alzar la voz y no salían, pero un día llegó a la comunidad una ingeniera a la que Avia le preguntó si sería posible dedicarse a otra cosa, y ella le dijo que sí… entonces Avia se atrevió a soñar.
Recordó que cuando era niña, a los ocho o diez o doce años, conoció a una familia que trabajaba con abejas meliponas. Su mente no se detuvo y una noche fue incapaz de dormir pensando en cómo formar una organización, en dónde conseguir las abejas y con quién trabajar. “Como mis compañeras habían trabajado conmigo en un molino y tortillería, pensé en ellas”, recuerda Avia. Invitó a Himelda, a Carmela y a otras mujeres: juntas viajaron a Yucatán en busca de las abejas. Regresaron con un hobón cada una y luego de cinco años el grupo que formaron se convirtió en la organización que Avia soñó una noche, a poco más de mil 200 kilómetros de la Ciudad de México.
Desde entonces y hasta el día de hoy Koolel Kab ha sido un proyecto de mujeres. En la actualidad son seis las integrantes de esta sociedad que produce miel sostenible. Son ellas mismas, explica María del Socorro Pech, quienes se encargan de todo el proceso de producción y comercialización.
“Cuando nosotras cosechamos miel, la llevamos al centro de trabajo; ahí es donde le damos el manejo, la filtramos o envasamos, hacemos los subproductos y los comercializamos; así es como funciona nuestra sociedad: la miel que salga es de todas”, cuenta Soco, mientras las meliponas vuelan y zumban a su alrededor.

Las mujeres de Koolel Kay aprovechan todo lo que las meliponas producen. Además de envasar la miel, trabajan con la cera: la lavan, la derriten y hacen con ella cremas que ayudan a combatir la resequedad de labios y manos, que sirven para curar heridas y piquetes de moscos. “Es una abeja que nos da miel medicinal, que nos sirve para la infección de la garganta, para la tos, para las cataratas y los ojos infectados”, completa Avia.
La importancia que esta especie tiene para los indígenas mayas radica no sólo en el aprovechamiento de su producción o en sus propiedades curativas; tiene valor, sobre todo, porque forma parte de su identidad. Esta abeja, originaria de la península, era criada por sus abuelos. Hoy está en peligro de extinción.
Por eso Koolel Kab tiene la misión fundamental de proteger y rescatar a esta delicada especie.“La apicultura aquí, en Campeche, en Hopelchén –y creo que a nivel nacional– está un poco mal: imagínese la melipona, que es más delicada; estas abejas no tienen aguijón, no son agresivas, no pican… entonces no se defienden tanto de los depredadores como del clima”, explica Socorro.
Desde hace cerca de tres décadas, la llegada a Hopelchén de comunidades menonitas ha provocado la deforestación de miles de hectáreas, debido a las nuevas formas de cultivo que introdujeron, que incluyen la industrialización y el uso de agroquímicos. Esto ha tenido un impacto negativo en la apicultura, una de las principales formas de subsistencia para las comunidades indígenas de la región, ya que se han perdido plantas necesarias para esta actividad por la quema de bosques, y las abejas mueren por el uso de plaguicidas.

Por eso las mujeres de Koolel Kab también se han convertido en defensoras de la tierra y del medio ambiente. En 2014 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) otorgó a esta y a otra organización de nombre Muuch Kambal el Premio Ecuatorial, que reconoce iniciativas de comunidades locales y pueblos indígenas que buscan soluciones de desarrollo sostenible al servicio de personas y de la naturaleza.
En 2012, Koolel Kab y Muuch Kambal, junto con otras organizaciones de la región, emprendieron una acción judicial para detener la plantación de soya genéticamente modificada, que había sido aprobada por autoridades mexicanas y que, entre otras afectaciones, contaminaban la miel que los mayas producían. Las comunidades se organizaron para frenar esta decisión que beneficiaba a Monsanto y lograron detener la siembra de soya transgénica.
De acuerdo con el PNUD, ambas organizaciones han movilizado a las comunidades mayas para “hacer frente a los desafíos sociales, ambientales y económicos”, según se lee en el estudio de caso de la Iniciativa Ecuatorial. El programa también hace énfasis en el liderazgo y en el empoderamiento de las mujeres, en la resistencia social y jurídica contra las medidas que las afectan, y en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas.
Las damas de la miel saben que su labor es fundamental en la región, saben también que no pueden dejar de luchar por sus derechos, porque si lo hacen sus tradiciones y su identidad “se van a quedar como historia”. Están convencidas de que deben seguir, aun cuando no es bien visto que las mujeres sean parte de estos movimientos, porque han abrazado, además, la misión de educar en igualdad a hombres y mujeres.
Hoy extienden su legado a través de sus hijas y nietas. Enseñan sus actividades y transmiten lo que han aprendido a las que vienen: nueras, cuñadas y todo aquel que quiera apoyar.
“Los que quieran aprender y sumarse tienen que capacitarse; justo en este momento una de las que está apoyando es mi hija, otra es nuera de una de las socias y una es hija también de las socias fundadoras; así es como vamos renovando también a los integrantes, porque es necesario”, cuenta Soco.
Mientras, desde esta palapa, Avia sigue soñando: espera que algún día su nieta, de apenas diez años, quiera seguir sus pasos y llegue a trabajar con las compañeras que un día, hace más de veinte años, la ayudaron a construir Koolel Kab.
Pobladores de Zitlala resisten a grupos armados
Por Redacción/La jornada
- Tras un ataque en 2016, la mayoría huyó al norte
- Alcalde sugiere abandonar comunidad
Indígenas nahuas de la comunidad de Quetzalcoatlán, municipio de Zitlala, en la Montaña baja de Guerrero, viven en la zozobra desde hace más de dos años, a raíz de que un comando procedente del poblado de Tlaltempanapa –presuntamente controlado por el grupo criminal Los ardillos– mató a seis personas.
Los habitantes huyeron. Seis días después algunos regresaron luego de que el gobierno estatal aplicó medidas cautelares. Sin embargo, la mayoría se marchó a Sonora y Sinaloa para emplearse de jornaleros agrícolas y no ha vuelto.
Zitlala está a unos 200 kilómetros de Chilpancingo. Hay una ruta más corta que pasa por Chilapa, pero desde hace dos años no se utiliza debido a la violencia.
En esta zona Los ardillos y Los rojos se disputan el cultivo y trasiego de droga. Quetzalcoatlán de las Palmas es un punto estratégico, por ser la vía para llegar a Morelos y Puebla.
Salomón Lara Tlatempa, cuyo abuelo fue miliciano zapatista, recuerda que la agresión fue cometida el 6 de enero de 2016; el poblado tenía cerca de 300 habitantes, pero hoy quedan como 62
. La mayoría hablan náhuatl; pocos hablan español, las señoras puro náhuatl
.
Los habitantes que siguen en la comunidad aún padecen violencia. El 24 de marzo pasado 10 mujeres y dos hombres pasaron por Tlaltempanapa hacia Zitlala. Los varones iban a pedir información sobre la convocatoria del programa Procampo; seis señoras llevaban a sus hijos a vacunar y cuatro a vender palma y cintas de palma. Una de ellas era la esposa del comisario municipal, pero hombres armados la bajaron (de un vehículo), la interrogaron y no la dejaban pasar
.
Don Salomón, como le dicen sus vecinos, mencionó que obtienen alimentos de los policías estatales que se encuentran en el poblado para hacer cumplir las medidas cautelares. Ellos nos compran la despensa. Los pistoleros ya nos dijeron que si no corremos a los policías entonces vendrán a sacarnos a balazos
.
Manifestó que el alcalde de Zitlala les propuso dejar su pueblo. Dicen que nos van a comprar un terreno, pero la mayoría decimos que no nos vamos. Hace un año el alcalde sólo nos trajo despensas. Nos prometieron que arreglarían las tuberías, pero no cumplieron. Traemos el agua desde unos cinco kilómetros
.
Integrantes de Las Abejas en Chiapas son liberados ante demandas sociales

Por Redacción/Animal Político
Los nueve integrantes de la Organización Civil Las Abejas de Acteal, que fueron detenidos por habitantes de su propio municipio y trasladados desde el pasado fin de semana a la cárcel comunitaria de Río Jordán, en Los Chorros, Chiapas; obtuvieron su libertad.
Las Abejas de Acteal es un grupo conformado por personas tzotziles pacifistas, surgido en Chenalhó, durante 1992. El 22 de diciembre de 1997, durante la matanza de Acteal, Las Abjeas sufrieron la pérdida de 45 de sus miembros.
A partir de entonces, sus integrantes viven bajo el principio de: no recibir proyectos o ayudas gubernamentales, pues los consideran “una burla a su dignidad, además de ser una estrategia para desbaratar el tejido social en las comunidades indígenas” que apoyan al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Pero dicha ideología ha ocasionado que sean rechazados y reprimidos por aquellos vecinos que no pertenecen a Las Abejas.
Por este motivo, es que nueve de sus integrantes –uno el sábado y ocho más el domingo- fueron detenidos por grupos paramilitares de la comunidad Río Jordán, en Los Chorros, Chenalhó. El motivo de la detención de la primera persona (José Vázquez Entzin) fue por utilizar un camino que no debía usar por negarse a participar en los programas sociales del gobierno; mientras que los otros ocho resultaron detenidos “por solidarizarse” con su compañero.
El pasado martes 9 de enero, Las Abejas de Acteal emitieron un comunicado por medio de su blog, donde denunciaban actos de tortura en contra de los 9 compañeros que se encontraban detenidos.
Discriminación indígena persiste por falta de voluntad política: ONU

Por Redacción/La Jornada
Ciudad de México. Los pueblos originarios de México siguen enfrentando graves problemas de discriminación y falta de cumplimiento de sus derechos básicos, problemas que se han ido incrementando –en gran medida– por falta de voluntad política del gobierno del país para resolverlos, señaló la relatora especial de la Organización de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, Victoria Tauli-Corpuz.
En conferencia de prensa, una vez terminada su visita oficial al país, la especialista hizo un resumen de sus principales hallazgos, luego de reunirse con más de 200 personas de 23 pueblos indígenas, provenientes de 18 estados del país.
“Pude reconocer un serio patrón de exclusión y discriminación, que a su vez se refleja en la falta de acceso a la justicia, entre otras violaciones de derechos humanos”, destacó la relatora de origen filipino.
“Otro problema serio que me fue presentado del hecho de que los pueblos indígenas no están siendo apropiadamente consultados, de acuerdo con los estándares internacionales, sobre proyectos y otras decisiones que afectan sus derechos, incluyendo el derecho a la vida”, añadió.
Al detallar algunos de los aspectos que analizó en su visita del 8 al 17 de noviembre, Tauli-Corpuz señaló que el derecho de los indígenas a la tierra y el territorio es una de las garantías violadas con mayor frecuencia, con el propósito de imponer diversos megaproyectos económicos, cómo minas, presas hidroeléctricas y otras iniciativas similares.



