Comunidades mayas continúan su lucha contra los transgénicos en la península de Yucatán

Redacción: Marcela Méndez | Video: Jorge Ulloa y Marco Aguilar | Fotografía: Viridiana Ramírez

En su casa ubicada en Hopelchén, Campeche –un municipio con cerca de 40 mil habitantes– Luciano Cablé Puc recuerda que hace unos años la apicultura era una actividad más redituable. Con 12 cajitas de abejas, él y su padre llegaban a producir hasta 300 kilos de miel, pero ahora, con la misma cantidad, lo máximo que obtiene son 100.

La apicultura, que por generaciones ha sido una de las principales actividades económicas para las comunidades mayas de la península de Yucatán, ha disminuido por el uso de agroquímicos y la deforestación que trajo consigo la siembra de soya transgénica en la región, misma que se introdujo sin el conocimiento de los pobladores.

Fue en 2012 cuando la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) concedió –con el aval de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)– a la empresa trasnacional Monstanto un permiso para la siembra en etapa comercial de soya genéticamente modificada.

En 253 mil hectáreas en Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Tamaulipas, San Luis Potosí, Veracruz y Chiapas se podía sembrar, pero la autorización violaba varios derechos reconocidos a los pueblos originarios, como el de la libre determinación y el de la consulta previa, libre e informada.

Tampoco consideraba que el uso de glifosato –herbicida asociado con este tipo de siembra y que ha sido clasificado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como “probablemente cancerígeno para los seres humanos”– podría tener repercusiones importantes en el agua, ni se estudió la coexistencia de la soya transgénica con las abejas, explica Eduardo Batllori, actual secretario de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente (Seduma) en Yucatán.

“Este tipo de siembra beneficia sólo a los empresarios”, aseguran integrantes de las comunidades mayas, quienes en los últimos años han visto cómo su medio ambiente y sus medios de subsistencia se van deteriorando. Denuncian contaminación en el agua, deforestación y la disminución de la actividad apícola como consecuencia del uso excesivo de agroquímicos.

“Ya no hay floración y no hay comida, no hay néctar para la abeja… a veces fumigan hasta con aviones y todo, acaban con la abeja. Cuando vas a tu apiario ves que toda la abeja está muerta. ¿Qué lo está matando, qué lo está matando?”, explica Luciano.

El Estado y Monsanto litigaron contra las comunidades

Las comunidades indígenas no recibieron ningún tipo de información sobre la autorización de siembra y mucho menos fueron consultadas; se enteraron de que en estas tierras había soya genéticamente modificada cuando un cargamento de miel fue rechazado en Europa por estar contaminado.

“Fue cuando se dio a conocer a nivel regional que la miel que se exporta a Europa, principalmente a Alemania, iba a tener que ser etiquetada si contenía elementos transgénicos”, asegura Irma Gómez, asesora del Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes.

Ante el permiso, las y los apicultores y algunas autoridades mayas comenzaron a organizarse y decidieron ampararse, con lo que iniciaron una lucha contra una de las empresas más poderosas en el mundo. Argumentaron que esta autorización era violatoria de la constitución y de tratados internacionales, ya que no se estableció un mecanismo de diálogo con ellas y ellos para que conocieran las implicaciones del proyecto y decidieran si éste era compatible con su visión cultural y con su proyecto de desarrollo.

En un primer momento, explica el abogado Jorge Fernández, de la organización Indignación A.C., las comunidades de Hopelchén, Campeche obtuvieron del juzgado segundo de distrito una suspensión de oficio: el juez determinó que, dados los riesgos que podrían derivarse de la siembra de soya transgénica, el permiso tendría que ser suspendido mientras se resolvía el juicio de amparo.

Después, el mismo juez determinó que, en efecto, fueron violados el derecho a la consulta y al principio precautorio, “porque se estaba estableciendo una medida tecnológica –la siembra de un transgen– cuyos efectos no se había acreditado que no causaran daño al medio ambiente”.

Pero Monsanto, la empresa trasnacional con más solicitudes de liberación para cultivos transgénicos en México (379 de un total de 853 entre 2007 y agosto de 2017, según el estudio “Treinta años de transgénicos en México”), impugnó esa sentencia junto con el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica), y el caso llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

“El 2015 la SCJN nos otorga una sentencia donde queda prohibida la siembra de soya transgénica hasta que no se nos haga una consulta a las comunidades”, segura Leydy Pech, integrante del Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes.

Se confirma el amparo favorable a las comunidades que habían impugnado el permiso “pero con un matiz importante y, desde nuestra perspectiva, bastante grave:  reconoce que hubo violación a la consulta previa, pero no entra al estudio de todos los impactos potenciales que la siembra de soya genéticamente modificada iba causar en el medio ambiente”, explica Fernández.

La resolución de la Suprema Corte no fue respetada, de acuerdo con Pech, “hasta 2017, aun cuando estaban suspendidos los permisos, hubo siembra de soya transgénica, pero esa soya que se sembró está dentro de la ilegalidad”.

Irma Gómez añade que los registros oficiales de Sagarpa no distinguen entre soya convencional y soya genéticamente modificada, pero que los productores afirman que, por lo menos de lo que se sembró en 2017, la mayor parte fue soya transgénica: “el año pasado se sembraron 48 mil hectáreas, cuando en 2016 fueron poco más de 20 mil, 25 mil máximo; prácticamente se duplicó la cantidad de soya en el municipio”.

La consulta tampoco se ha respetado: “La Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem) y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), facultados para llevar todo el proceso de la consulta la han violentado porque han tratado de dividirnos a las comunidades, las han confrontado y eso no es de buena fe… la consulta tampoco es vinculante: en realidad se está haciendo una consulta donde no se reconocen las decisiones de las comunidades, es un derecho que está siendo violado”, asegura Leydy Pech.

Para Jorge Fernández la lucha de los pueblos mayas en contra de la siembra transgénica tiene una importancia legal y política, ya que comunidades “que generalmente han estado en una situación de discriminación, que generalmente litigan o se relacionan con el Estado en una situación de inequidad histórica, de discriminación, lograron llegar hasta el máximo tribunal para reclamar una política de Estado que además beneficiaba a una de las empresas más poderosas del mundo y más denunciadas a nivel mundial, como es Monsanto”.

Al mismo tiempo, permitió visibilizar las limitaciones del sistema de justicia, pues la Corte reconoció de manera limitada un derecho, que es el derecho a la consulta: “todavía no tenemos una Suprema Corte o tribunales que reconozcan de manera plena el derecho a la libre determinación, que es un tema de cómo las comunidades quieren o visibilizan su  proyecto de vida y su proyecto de desarrollo”, explica.

“Por esta tierra sí vale la pena seguir luchando”

Según estudios realizados en Hopelchén, entre 2000 y 2013 se perdieron 60 mil hectáreas de selvas, lo que equivale a 12% del territorio municipal. Este incremento de la deforestación está relacionado con la llegada, a finales de la década de los ochenta, de pobladores que provenían de otros estados, como Durango y Zacatecas, y que decidieron establecerse en la península para cultivar esas tierras.

Los menonitas, explica Irma Gómez, llegaron porque había una gran disponibilidad de tierra: no eran ejidos, como ahora, sino terrenos nacionales; se han establecido en tierras que son de su propiedad.

Esta comunidad demanda mucha tierra.

El gobernador menonita Pedro Woelke llegó a Hopelchén cuando tenía apenas 15 años. En Zacatecas la gente ya no tenía tierra, cuenta, por lo que su papá propuso que si se mudaban a Campeche le regalaría, a cada uno de sus hijos, 10 hectáreas de tierra.  Ahora Woelke, que siembra soya, sorgo e incluso papaya, tiene 100 hectáreas, y lamenta la prohibición de la soya transgénica, porque esa aguantaba más las condiciones climáticas, y porque desde 2015 tiene que batallar con otro tipo de semillas.

Él ha estado presente en reuniones con las comunidades mayas, y asegura que trabajadores de Sagarpa les han dicho que llegará un momento en que se libere la semilla como estaba antes, genéticamente modificada.

Frente a este panorama, miembros de las comunidades insisten en que está en las manos del gobierno frenar los daños al medio ambiente, tanto la contaminación del agua, como los daños a las abejas y otras especies animales, y la deforestación; sin embargo, denuncian que no hay un monitoreo adecuado y que tampoco hay castigo.

Piden que se apliquen las leyes para frenar la devastación al medio ambiente.

En medio del bosque, don Feliciano, apicultor maya e integrante del Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes, camina y habla de los árboles que le rodean y de la defensa que continúa para las comunidades: “Por esta tierra sí vale, vale la pena seguir luchando para que no se siga destruyendo por los hombres que vienen a destruir aquí nuestro territorio, porque el gobierno no hace nada, no para todos esos problemas cuando está a su alcance, porque creemos que él es el que debe de poner mano dura en eso, pero vemos que no es así”.

Koolel Kab: mujeres que defienden la tierra

Por Marcela Méndez

Son las dos de la tarde de un día de abril. Bajo esta palapa enclavada en la selva maya el calor baña, pero no sofoca. El lugar es Ich-ek, una comunidad de cerca de mil habitantes localizada en Hopelchén, Campeche, donde un grupo de apicultoras indígenas, enfundadas en shorts, playeras sin manga y sandalias, ha trabajado por horas y se prepara para el descanso.

Esta mañana las mujeres llegaron con la misión de dar marcha atrás a un experimento que no funcionó: intentaban dejar a las abejas que crían en las cajitas rectangulares de madera donde las compran, pero la temperatura echó abajo el plan. Las cajas no resistieron el calor, lo que significó el traslado de todas las abejas a nidos naturales. Las meliponas, una especie de abejas milenaria, no tienen aguijón, lo que no supone un riesgo para quienes las crían; en cambio, son más delicadas que cualquier otra especie de abejas: hay que manipularlas con sumo cuidado y llevarlas a su nuevo hogar con delicadeza, más cuando se sabe que son una especie en peligro de extinción.

Para tener éxito hay que mover, completa, toda la estructura. Doña Avia, doña Leidy, doña Soco y el resto de sus compañeras mueven todo el nido, incluidas las crías, un poquito de miel y un poquito de polen. Este trabajo de extremo cuidado, sumado al bochornoso calor de la península, resulta simplemente agotador.

Foto: Viridiana Ramírez

Hoy, cuando platican lo que hacen, las apicultoras hablan con sus más de veinte años de experiencia.

Doña Avia Huchín, de 66 años, viste una delgada blusa rosa con flores del mismo color. A través de sus lentes se asoman unos ojos que brillan todavía más cuando recuerda cómo empezó la historia de Koolel Kab, una organización fundada e integrada por mujeres indígenas que durante años han defendido su derecho a trabajar en lo que han elegido, que se han dedicado a criar y proteger a las abejas meliponas y que, con ello, han creado una red de empoderamiento y de defensa de la identidad, el territorio y el medio ambiente.

Empezó con un sueño

Era de noche y Avia Juchín no podía dormir. Se preguntaba si existiría en su mundo –un mundo dominado por hombres– la posibilidad de trabajar en algo que no fuera el hogar, el cuidado de los puercos o el de las gallinas.

Desde su habitación era algo que parecía imposible: a principios de los noventa, en esta región las mujeres no podían alzar la voz y no salían, pero un día llegó a la comunidad una ingeniera a la que Avia le preguntó si sería posible dedicarse a otra cosa, y ella le dijo que sí… entonces Avia se atrevió a soñar.

Recordó que cuando era niña, a los ocho o diez o doce años, conoció a una familia que trabajaba con abejas meliponas. Su mente no se detuvo y una noche fue incapaz de dormir pensando en cómo formar una organización, en dónde conseguir las abejas y con quién trabajar. “Como mis compañeras habían trabajado conmigo en un molino y tortillería, pensé en ellas”, recuerda Avia. Invitó a Himelda, a Carmela y a otras mujeres: juntas viajaron a Yucatán en busca de las abejas. Regresaron con un hobón cada una y luego de cinco años el grupo que formaron se convirtió en la organización que Avia soñó una noche, a poco más de mil 200 kilómetros de la Ciudad de México.

Desde entonces y hasta el día de hoy Koolel Kab ha sido un proyecto de mujeres. En la actualidad son seis las integrantes de esta sociedad que produce miel sostenible. Son ellas mismas, explica María del Socorro Pech, quienes se encargan de todo el proceso de producción y comercialización.

“Cuando nosotras cosechamos miel, la llevamos al centro de trabajo; ahí es donde le damos el manejo, la filtramos o envasamos, hacemos los subproductos y los comercializamos; así es como funciona nuestra sociedad: la miel que salga es de todas”, cuenta Soco, mientras las meliponas vuelan y zumban a su alrededor.

María del Socorro Pech | Foto: Viridiana Ramírez/Cencos

Las mujeres de Koolel Kay aprovechan todo lo que las meliponas producen. Además de envasar la miel, trabajan con la cera: la lavan, la derriten y hacen con ella cremas que ayudan a combatir la resequedad de labios y manos, que sirven para curar heridas y piquetes de moscos. “Es una abeja que nos da miel medicinal, que nos sirve para la infección de la garganta, para la tos, para las cataratas y los ojos infectados”, completa Avia.

La importancia que esta especie tiene para los indígenas mayas radica no sólo en el aprovechamiento de su producción o en sus propiedades curativas; tiene valor, sobre todo, porque forma parte de su identidad. Esta abeja, originaria de la península, era criada por sus abuelos. Hoy está en peligro de extinción.

Por eso Koolel Kab tiene la misión fundamental de proteger y rescatar a esta delicada especie.“La apicultura aquí, en Campeche, en Hopelchén –y creo que a nivel nacional– está un poco mal: imagínese la melipona, que es más delicada; estas abejas no tienen aguijón, no son agresivas, no pican… entonces no se defienden tanto de los depredadores como del clima”, explica Socorro.

Desde hace cerca de tres décadas, la llegada a Hopelchén de comunidades menonitas ha provocado la deforestación de miles de hectáreas, debido a las nuevas formas de cultivo que introdujeron, que incluyen la industrialización y el uso de agroquímicos. Esto ha tenido un impacto negativo en la apicultura, una de las principales formas de subsistencia para las comunidades indígenas de la región, ya que se han perdido plantas necesarias para esta actividad por la quema de bosques, y las abejas mueren por el uso de plaguicidas.

Por eso las mujeres de Koolel Kab también se han convertido en defensoras de la tierra y del medio ambiente. En 2014 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) otorgó a esta y a otra organización de nombre Muuch Kambal el Premio Ecuatorial, que reconoce iniciativas de comunidades locales y pueblos indígenas que buscan soluciones de desarrollo sostenible al servicio de personas y de la naturaleza.

En 2012, Koolel Kab y Muuch Kambal, junto con otras organizaciones de la región, emprendieron una acción judicial para detener la plantación de soya genéticamente modificada, que había sido aprobada por autoridades mexicanas y que, entre otras afectaciones, contaminaban la miel que los mayas producían. Las comunidades se organizaron para frenar esta decisión que beneficiaba a Monsanto y lograron detener la siembra de soya transgénica.

De acuerdo con el PNUD, ambas organizaciones han movilizado a las comunidades mayas para “hacer frente a los desafíos sociales, ambientales y económicos”, según se lee en el estudio de caso de la Iniciativa Ecuatorial. El programa también hace énfasis en el liderazgo y en el empoderamiento de las mujeres, en la resistencia social y jurídica contra las medidas que las afectan, y en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas.

Las damas de la miel saben que su labor es fundamental en la región, saben también que no pueden dejar de luchar por sus derechos, porque si lo hacen sus tradiciones y su identidad “se van a quedar como historia”. Están convencidas de que deben seguir, aun cuando no es bien visto que las mujeres sean parte de estos movimientos, porque han abrazado, además, la misión de educar en igualdad a hombres y mujeres.

Hoy extienden su legado a través de sus hijas y nietas. Enseñan sus actividades y transmiten lo que han aprendido a las que vienen: nueras, cuñadas y todo aquel que quiera apoyar.

“Los que quieran aprender y sumarse tienen que capacitarse; justo en este momento una de las que está apoyando es mi hija, otra es nuera de una de las socias y una es hija también de las socias fundadoras; así es como vamos renovando también a los integrantes, porque es necesario”, cuenta Soco.

Mientras, desde esta palapa, Avia sigue soñando: espera que algún día su nieta, de apenas diez años, quiera seguir sus pasos y llegue a trabajar con las compañeras que un día, hace más de veinte años, la ayudaron a construir Koolel Kab.

Denuncian violencia contra comunidades que se oponen a siembra de soya transgénica en Campeche



Por Redacción/ Desinformémonos

“Se ha desatado una escalada de violencia y hostigamiento contra las comunidades indígenas” tras la consulta popular sobre el cultivo de soya transgénica en los municipios de Holpechén y Tenabo, en Campeche, denunciaron los apicultores mayas de la entidad, quienes acusaron a “grupos patrocinados por Monsanto” de llevar a cabo las agresiones.

Representantes de las 34 comunidades afectadas que se oponen a la siembra de soya genéticamente modificada aseguraron que las amenazas y el hostigamiento incrementaron desde que se presentó el informe final del Grupo de Trabajo sobre Empresas y Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el pasado 8 de junio.

“Las comunidades mayas de Hopelchén y Tenabo externamos nuestra preocupación por las intimidaciones, las amenazas y la falta de libertad, seguridad y buena fe, así como por los intentos de grupos bien identificados de dividir a las comunidades a causa de la consulta que ordenó la segunda sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN)”, expresaron.

De acuerdo con los representantes, Monsanto no respeta las recomendaciones de Naciones Unidas y otros organismos internacionales sobre la relación entre las empresas y los derechos humanos. “No nos escuchan. Hemos intentado dialogar, pero las autoridades involucradas nunca han volteado a vernos como debe ser. ¿Por qué nos ignoran? Porque somos indígenas. Nos sentimos muy orgullosos de lo que representa cada una de las comunidades”, agregaron.

Recordaron que sin apicultura, no habrá bosques, y que sin ellos no habrá oxígeno. Por ello, enfatizaron que la consulta se refiere al permiso de liberación al medio ambiente de soya transgénica creada por Monsanto en los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán.

“No estamos manipulados por nadie ni somos un grupito, como se quiere hacer creer. Somos gente originaria que está preocupada por las actividades que están siendo afectadas por el uso de productos transgénicos”, reafirmaron los representantes.

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