Muy futbolera y también consciente

Por Redacción/Huffington post

Listas están la pantalla, las botanas, las cervezas, el café, y galletas para los más fresas. El día tiene más luz, levantarse temprano tiene un nuevo significado, por lo menos para los futboleros –y los villamelones- llega nuestro momento este jueves 14 de junio: ¡empieza el Mundial!

Por lo menos en mi caso es una época que espero con mucha, mucha emoción. ¡Ah, qué recuerdos de aquél Corea-Japón! Estaba en la universidad y nos juntábamos a beber desde las 6 de la mañana con toda la bandota. O el Mundial de Sudáfrica, cuando vi la inauguración desde una cama de hospital a punto de parir a mi segundo hijo. Para mí toda una fiesta, pues.

No miento al decir que en la oficina ya organizamos nuestras labores cotidianas para no perdernos los mejores partidos, pues la mayoría de ellos nos tocarán en horario laboral. Y por favor no empiecen con que el futbol es el opio del pueblo, que nos tienen dormidos, que nos manipulan a todos y todas las aficionadas. Pues, por lo menos yo, seguiré trabajando por los derechos humanos mientras veo pasar a la Selección Mexicana a la siguiente ronda –¡ay ajá!-.

No, ya en serio, yo sí creo que puedo ser aficionada al futbol y seguirme preocupando por lo que pasa en nuestro país. No por prender la tele se me olvidan las más de 34 mil personas desaparecidas o las 25 mil que fueron asesinadas en 2017.

Ver nota completa

El día que casi me golpean por pedir que recogieran su basura

Por Ixchel Cisneros

@Chelawera

Esta nota se publicó originalmente en Huffington Post México el 03 de febrero de 2017.

Vuelvo acá a hablar de mis hijos, y de verdad no es necedad o presunción —son unos amores, eso que ni que— pero me preocupa el país que les dejaremos.

Hace un par de semanas fui con mi familia a un centro comercial de la Ciudad de México, y nos formamos en la fila interminable de unos famosos helados de yogur. Frente a mí, una señora de aproximadamente 45 años y su hija adolescente platicaban mientras la joven se pasaba, de mano a mano, una envoltura de papel. Después de un rato se la dio a su mamá, esta señaló el piso y dijo: “Tírala”. La muchacha obedeció.

Yo, como metiche que soy, había visto todo y reaccioné como siempre lo hago cuando noto que alguien tira basura al suelo. Lo levanté y le dije a la muchacha: “Se te cayó”. Con pena, ella estiró el brazo y lo recibió pero quien la acompañaba, la miró fijo y le repitió: “Tiiiirala”. Así lo hizo.

A mí se me revolvió el estómago y como metiche que soy —nuevamente— dije: “Señora, ese no es un bote de basura”.

—No lo va a recoger y deja de molestarla.

—Pero señora, este lugar es de todos, no tendría por qué tirar la basura en el suelo.

—A ti, ¿qué te importa?

—Pues, me interesa vivir en un país limpio. Además, no creo que esté bien enseñar a las nuevas generaciones que tirar la basura en el suelo esté bien.

La mujer apartó a su hija, hizo el pecho para adelante y me increpó: “Mira, hija de tu pinche madre, si yo quiero, tiro la basura en donde a mi se me dé la chingada gana”. Al ver la agresión, yo recogí la envoltura y la tiré en el bote que estaba a menos de un metro de distancia. Al regresar a la fila fui recibida con un: “Yo no recojo la basura porque siempre tengo a chachas que lo hagan por mí. Así, como tú”.

Sí, yo fui una metiche por pedirles que no tiraran la basura al suelo, pero creo que la gente lo hace porque se puede, porque nadie los evidencia, porque nadie les dice nada. Un amigo ya me lo había dicho: “Un día te van a golpear Ixchel”. Y ese día casi llega en la fila de los helados.

A pesar de la agresión, increpar a los extraños que tiran basura en la calle es algo que seguiré haciendo y no nada más porque me lo enseñaran en la escuela o mis padres, simplemente porque no me conformo con la indiferencia y el individualismo. No estoy dispuesta a aceptar que no nos importe el otro, que mi comodidad y bienestar sea más importante que el bien común.

Lo aún más grave es que todo este tiempo, mis dos hijos (10 y 6 años) presenciaron el incidente. El pequeño me abrazaba fuerte de la cintura, pues sentía que su mamá estaba en peligro, mientras que el mayor, observaba expectante.

Sin deberla ni temerla, este conflicto entre dos mujeres adultas estaba siendo presenciado por tres personitas (mis hijos y la hija de la señora), quienes fueron testigos de lo violentas que pueden ser las relaciones entre los seres humanos y lo rudo del individualismo.

Cuando nos dieron nuestro helado, mi hijo el menor me preguntó: “Mamá, ¿por qué la señora no quiso recoger la basura?” y “¿por qué te quería pegar por decirle que lo hiciera?” La respuesta, no la tengo.

Ver nota original

​Estar embarazada y usar el transporte público

Hice la parada a un microbús que, desde lejos, se notaba que escupía gente. Eran las 8:30 de la mañana. Estaba al sur de la Ciudad de México y necesitaba llegar a mi trabajo, por lo que ignoré el hecho de que un señor viajaba colgado de la puerta de atrás por falta de espacio y, como tackle ofensivo de futbol americano, me subí por la de adelante.

 

De por sí esta situación nunca es cómoda, ahora intenten hacerlo con 20 semanas de embarazo. La vida se pasa en cuidar que no te den un codazo en la panza, vigilar que no abran tu bolsa y mantener el equilibrio.

 

Mi panza era evidente pero los otros pasajeros iban más preocupados por sus celulares, por dormir unos minutos extras o simplemente por ellos mismos, así que nadie tuvo la buena onda de cederme su lugar, ni modo, ese microbús no traía la calcomanía en el asiento reservado para embarazadas así que me quedé parada.

 

Me sorprendió que el 80 por ciento eran mujeres y no es porque fuera su obligación, pero siempre creí que serían más solidarias con una futura madre. ¡Ja! Me equivoqué.

 

Dos cuadras más adelante subió una joven. Con un brazo sostenía a un bebé de más o menos dos meses, en su hombro cargaba una pañalera repleta de suministros para el recién nacido y con la otra mano se agarraba firme del tubo para no caerse por la puerta, ya que mientras el micro avanzaba, el chofer la había dejado abierta.

 

A pesar de que no me habían cedido el lugar a mí, hasta ese momento yo había guardado la calma, en mi mente me seguía engañando y diciendo: “seguro no se han dado cuenta que estoy embarazada y únicamente piensan que estoy panzona”. Pero el bebé, la muchacha y la opción de que se callera del micro eran mucho más evidentes así que me salió lo Cisneros y grite: “aaaalguien que sea tan amable de darle su lugar a la muchacha que trae un bebé y se viene cayendo”.

 

El silencio fue absoluto. Las cuatro chicas que venían sentadas frente a mí no voltearon a verme ni tampoco a la joven. Segundos después se paró una señora canosa, de alrededor de 60 años y le dijo a la muchacha: “siéntate aquí”.

 

Yo, no lo podía creer. Estas talegonas -como le llaman en Sonora a las flojas- van a dejar que esta señora le ceda su lugar y ellas, nada. Y sí, así fue; y ni que decir de darme el lugar a mí, porque luego de ese grito que pegué, seguro que quien no me había visto con mi panza de embarazada, ya lo había notado.

 

La joven apenada no únicamente le dio las gracias a la señora, también me las dio a mí por aquella escenita.

 

 

Y ese día lo decidí: empezaría un proyecto para contabilizar cuántas veces me cedían el asiento en el transporte público.

 

Mi registro lo hice semanalmente durante un mes y estos fueron mis resultados:

 

En 18 días utilicé el metro, metrobús, camión y microbús en 64 ocasiones. El primer asiento cedido fue en el día cinco del proyecto y me lo dio un señor de la tercera edad. En total me dieron 10 lugares, ocho hombres y dos mujeres. Es decir, me negaron 54.

 

54 veces los usuarios vieron entrar a una embarazada al transporte público y ni se inmutaron.

 

Además, los camiones y microbuses, en su mayoría, no tienen señalados los lugares reservados para personas de la tercera edad, discapacitados, embarazadas o personas con hijos y pues ahí ni cómo alegar con los usuarios. Pero en el metro sí quité a dos que tres y, cabe mencionar, en dos ocasiones yo le cedí mi lugar a personas de la tercera edad con bastón a quienes tampoco pelaban.

 

Amén de mi panza y pies hinchados, hay cosas que preocupan después de hacer este ejercicio. En primera, la mala calidad del transporte público, donde en las horas pico es imposible ya no que te den un lugar, sino poderte subir, poder respirar. Y segundo, la indiferencia. El hecho de decir «yo estoy cansado, yo tengo sueño, yo tengo prisa, los demás que se rasquen con sus propias uñas» me vuelve loca. De verdad, ¿no nos importa el otro?, ¿estamos dispuestos a pisotear al de al lado para salir nosotros abantes? Yo no.